El Pobre Diablo y Experimentos Culturales, en la tercera proyección
de A la carta, presentó: Combo#1 delicias del video centroamericano,
muestra curada por Rodolfo Kronfle como invitado desde Guayaquil,
trajo videos de Donna Conlon (Panamá), Jonathan Harker (Panamá)
y Ernesto Salmerón (Nicaragua) para el lunes 13 de febrero
desde las 19h00.
El interés de la muestra es posibilitar intercambios culturales
entre circuitos de arte que comparten mucho en común, y cuyos
contextos sociales son tan parecidos al nuestro que permiten que los
códigos y realidades que construyen estas obras se sientan
cercanos.
Las obras reunidas están alejadas de las inclinaciones experimentales
y se concentran en el medio como un vehículo de producción
de sentido. Parten de ideas simples, depuradas en tratamientos sobrios,
afincados en estéticas limpias, sin artificios innecesarios
ni pretensiosos, y cuyos resultados terminan siendo eficaces en su
potencial de afectación.
No son representativas ni testimoniales del mundo, mas bien inciden
en él, a través de la parodia, la ironía, la
reflexión o inquisición. Logran hacer significativa
la función del arte en la sociedad.
Donna Conlon (Atlanta, 1966) ha convertido lo aparentemente llano
y familiar en un recurso expresivo. Aguda observadora de su entorno
va redondeando con cada uno de sus videos una obra caracterizada por
la coherencia argumental. Tintes ecologistas atraviesan casi todos
sus videos, que llegan a desentrañar aspectos patológicos
de las sociedades contemporáneas.
La artista tuvo una notable presencia en la más reciente Bienal
de Venecia, su obra Coexistencia (2003) –parte de esta exposición-
participó en la muestra de artistas latinoamericanos titulada
La trama y la urdimbre, y su trabajo Espectros Urbanos (2004), también
aquí exhibida, se proyectó en el Arsenale en la curaduría
Siempre un poco más lejos de la española Rosa Martínez.
Jonathan Harker (Ecuador, 1975) ha hecho del humor un dispositivo
para socavar las conductas y construcciones identitarias de Panamá.
Se trata de uno de los artistas más aventurados de su escena,
escogido para representar al Istmo en la venidera Bienal de la Habana.
En su recordada serie de postales (Post-Post) -que obtuvo una mención
de honor en la VIII Bienal Internacional de Cuenca- desarmó
lúdicamente la imagen turística del país a través
de las más sinceras percepciones al interior del mismo.
Arednab al a otnemaruj (Juramento a la bandera) del 2004 logra una
ingeniosa ironía invirtiendo el supuesto proceso develador
de “mensajes satánicos” en el rock pesado (tocar
los discos de vinilo al revés) para concienciar acerca de los
mecanismos adoctrinadores del nacionalismo. Para la grabación
del video el artista ha memorizado y recitado aquel voto de lealtad
en una literal enunciación de su lectura invertida, desde el
final hasta el comienzo, luego de lo cual se reproduce en sentido
contrario; el resultado –ahora inquietantemente comprensible-
transmite sin embargo el mismo perverso y “diabólico”
efecto encontrado en los viejos discos. ¿Puede ser el mensaje
oculto –lealtad a Dios y a la Patria- igual de pernicioso y
macabro?
En Tomen Distancia (2002) es en cambio el himno nacional el que sirve
de materia prima. La filmación se hace al interior de su garganta
mientras intenta reproducir las solemnes notas, lo cual lo lleva a
un límite de tolerancia física manifestada en un gran
finale de arcadas. La canción se transforma en una amorfa entonación
gutural que sugiere inclusive dejos de forzosa felación.
Del nicaragüense Ernesto Salmerón (Managua, 1977) tenemos
dos videos que hacen un uso aparentemente directo y casi sin adulteraciones
de la realidad. Ambas piezas, aunque parten por igual de mínimas
intervenciones en cuanto a edición y al hecho de no responder
a un guión preestablecido, son sin embargo muy distintas en
sus efectos, por un lado la obra ganadora de la reciente Bienal de
Nicaragua (Sin Título, 2005) nos presenta, en una reposada
poética, un segmento “robado” de tiempo ajeno.
El protagonismo de un chico de barriada marginal –concentrado
en un globo de hule- deviene en un incompleto “retrato familiar”
en cámara lenta; el sutil intercambio de miradas dentro del
cual como espectadores participamos se interrumpe repentinamente con
una punzante ironía textual. Es notable que la cruda presentación
de una realidad social no sea abusada a través de tintes panfletarios
o melodramáticos, sino que nos proponga un conmovedor instante
donde justamente lo que no se dice configura una gran elocuencia.
En Verdadero o Falso (2005) el artista nos traslada al territorio
de un dilema ético. Muestra un diálogo con niños
pobres a los cuales se les ha brindado alimento en pos de indagar
si sus prácticas de mendicidad son “honestas”.
No se trata de exponer situaciones de explotación infantil,
aquello resultaría evidente. Si el artista emplea un “soborno”
para obtener información no hace más que devolver la
argucia pero con un fin enfilado a destapar las fuentes de nuestro
propio cinismo.